Durante
mucho tiempo la meditación se ha asociado a los yoguis y a los hippies,
a posturas raras y palabras tipo oommm, pero la ciencia demuestra que
meditar cambia la estructura y la función de nuestro cerebro.
Cristina Sáez
¿A quién no le gustaría trabajar en una empresa como Google? En sus
oficinas centrales, ubicadas en California, disponen de restaurantes,
cafeterías, gimnasios, piscinas, salas de
relax y
masajes; pistas de tenis y de voleibol. Incluso hay salas para jugar a
la consola, hacer puzles o construir un lego. La idea es que los geek
encargados de seguir haciendo que Google continúe al frente de la
innovación tecnológica en la red puedan tomarse una pausa cuando estén
cansados o agobiados y despejarse. Así, seguro que luego rinden más y
son mucho más eficientes y creativos.
De un tiempo a esta parte, además, entre la oferta de actividades que
proponen a sus trabajadores, hay un curso de meditación. Se llama
“Busca en tu interior. El camino inesperado para conseguir éxito,
felicidad (y paz en el mundo)” y se trata de sesiones orientadas, sobre
todo, a enseñar a la plantilla de este gigante de internet
inteligencia emocional
a través de la práctica meditativa. Desde que lo pusieron en marcha, ya
han pasado más de mil trabajadores por estas clases, y hay largas
listas de espera cada vez que lo ofertan, cuatro veces al año. En cada
ocasión pueden participar hasta 60 personas y dura siete semanas.
En un reportaje sobre este programa de meditación, publicado hace
unos meses en The New York Times, Richard Fernández, director de
desarrollo ejecutivo y psicólogo de formación, afirmaba que notaba
muchas diferencias en cómo llevaba a cabo su trabajo después de tomar
estas clases. Aseguraba que ahora era mucho más
flexible
y era capaz de adaptarse mejor a las situaciones como jefe de un
equipo: “Escucho más atentamente y con menos reactividad en las
reuniones”, decía.
Google no es la única empresa que entrena a sus trabajadores en esta
práctica oriental. También lo hace, por ejemplo, el Deutsche Bank. Se
ha comprobado científicamente que meditar reporta muchos beneficios.
Hasta ahora, solía asociarse con la
relajación y se
sabía que reducía el estrés. Pero ahora, gracias a las técnicas de
imagen cerebral desarrolladas en los últimos veinte años, se ha podido
empezar a demostrar que meditar tiene la capacidad de modificar la
estructura del cerebro y también sus funciones.
Tan sólo media hora de meditación al día basta para aumentar la capacidad de atención y de concentración; también mejorar la
memoria
y el proceso de toma de decisiones. Y, quizá lo más importante, regular
las emociones. Eso hace que, en un equipo, la gente se entienda, sea
más empática y se lleve mejor, que esté más avenida y el grupo sea más
compacto, lo que repercute positivamente en la calidad del trabajo.
A pesar de que durante bastante tiempo –e incluso tal vez ahora– se solía asociar la meditación con los
hippies y los yoguis,
y muchos eran escépticos acerca de sus beneficios, lo cierto es que
esta práctica empezó a despertar el interés de algunos científicos hace
casi cuarenta años. Richard Davidson, profesor de Psicología y
Psiquiatría de la Universidad de Wisconsin-Madison, y director del
Centro para la Investigación de Mentes Saludables, fue uno de los
pioneros. Cuando al final de su segundo año de carrera en Harvard, en
los años setenta, se fue con su mujer a
India y Sri Lanka, muchos de sus compañeros y profesores pensaron que estaba loco y que iba a dar al traste su prometedor porvenir.
“El hecho de practicar la meditación era considerado casi una
herejía
y estudiarla era un imposible científico. […] Mis mentores en Harvard
me dejaron muy claro que si quería tener una fructífera carrera
científica, estudiar meditación no era el mejor lugar por el que empezar
”, recuerda Davidson, hoy un prestigioso y conocido neurocientífico,
en su último libro (2012),
El perfil emocional de tu cerebro
(Destino). Él no cejó en su empeño. Se pasó tres meses en el Sudeste
Asiático, volvió a Harvard, siguió con sus cursos y practicando
meditación en secreto. Aún en la facultad, junto a Daniel Goleman, el
que luego sería el popular autor del superventas Inteligencia emocional,
llevó a cabo un
experimento con 58 personas que
tenían diversos grados de experiencia en meditación. Vieron que cuanto
más habían meditado las personas, menos ansiedad padecían y, en cambio,
más capacidad de atención presentaban.
Davidson no era el único científico en aquel entonces que investigaba
la práctica meditativa. Jon Kabat-Zinn, un doctor en Biología
Molecular del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), comenzó a
meditar en 1966 y pensó en aprovechar lo que había aprendido y
enseñarlo a otros. Así, en 1979, fundó el programa Mindfulness para la
reducción del estrés, en la Universidad de Massachusetts, una antigua
práctica
budista que Kabat-Zinn pensó que podía aplicarse para tratar a personas que sufrían de este mal. Hoy en día, esa forma secular de
meditación es la más extendida en centros médicos y clínicas universitarias europeas y de América del Norte.
En 1999 se produjo un paso importante: Davidson y Kabat-Zinn midieron
la actividad eléctrica de un grupo de voluntarios con
electroencefalogramas, de los que previamente habían calculado los
niveles de ansiedad y estrés que sentían. Luego, los participantes
empezaron a seguir un curso de mindfulness. Al cabo de cuatro meses, los
dos neurocientíficos comprobaron que la
corteza cerebral
encargada de las emociones y de una mayor o menor resistencia a la
adversidad había triplicado su activación. Además, comprobaron que el
sistema inmune de los participantes había mejorado. El estudio
científico de aquella ancestral práctica budista comenzaba a dar frutos
importantes.
Mindfulness o conciencia plena En los últimos dos
años, se han publicado numerosos estudios científicos que demuestran que
meditar fomenta la autoconciencia, la empatía, la memoria, la
capacidad de aprendizaje y la
creatividad. Una de estas investigaciones, quizá la más importante, es la que ha llevado a cabo un grupo de
psiquiatras
del hospital General de Massachusetts, liderados por la doctora Sara
Lazar, quien afirma que si bien la práctica de la meditación se suele
asociar a una sensación de tranquilidad y relajación física, se ha visto
desde la medicina que también proporciona beneficios cognitivos y
psicológicos que persisten durante todo el día. Y que son esos
beneficios demostrados los que están detrás de la sensación de
bienestar.
Para esta investigación, Lazar y su equipo tomaron imágenes por
resonancia magnética de 16 voluntarios dos semanas antes y dos después
de que realizaran un programa de mindfulness de dos meses, en el que se
les hacía meditar unos 27 minutos diarios. Los investigadores
encontraron un aumento de la densidad de la materia gris en el
hipocampo, área del cerebro esencial para el aprendizaje y la memoria,
así como en estructuras relacionadas con la compasión, la introspección y
la
autoconciencia.
Y no sólo eso. Vieron, además, que disminuía la materia gris en la amígdala, zona encargada del
miedo
y del estrés, lo que abre la puerta a nuevas terapias para pacientes
con graves problemas de estrés postraumático tras haber sufrido una
experiencia dura, como un accidente o un atentado. Los voluntarios
también habían mejorado en tareas que requerían atención y procesamiento
sensorial. En las personas de mayor edad, la diferencia era más que
notable, lo que sugiere que tal vez meditar pueda ayudar a frenar el
proceso de reducción del córtex cerebral y el
declive cognitivo, asociado a la edad.
Más atención y concentración El mindfulness o
conciencia plena es una práctica milenaria que hunde sus raíces en el
budismo y la filosofía zen. “No se trata de un método particular, ni
tampoco de una técnica –explica Jon Kabat-Zinn en Mindfulness en la vida
cotidiana (Paidós)–. Se trata de estar abierto a jugar con la
posibilidad de darte cuenta de qué estás sintiendo en cada momento y no
intentar sentirse diferente”. Básicamente, tiene que ver con
concentrarse en una imagen, un sonido, o en la respiración propia.
Aunque a simple vista parece demasiado sencillo, lo cierto es que esta
práctica parece
ejercitar partes del cerebro que nos
ayudan a prestar atención. Por ejemplo, en diversos centros de Estados
Unidos se han llevado a cabo algunos estudios en los que emplean
técnicas muy sencillas de meditación con niños de cuatro años. Les ponen
una piedra pequeña en la barriga y les dicen que deben concentrarse en
esa piedra mientras respiran. Después de unas semanas, los pequeños
mejoran su atención en clase, se concentran más y son más creativos.
“La atención es la clave para
aprender y la
meditación te ayuda a regularla”, afirma Richard Davidson, director del
Laboratorio de Neurociencias afectivas de la Universidad de Wiscosin.
Pero ¿en qué consiste exactamente meditar? Constanza González, psicóloga
clínica (Sentit.es), explica que meditar es “un espacio para poder
detenerse y darse cuenta de lo que está pasando en nuestro interior. Una
vez te detienes, puedes observar con qué
actitud
vives lo que estás viviendo y te permite tomar decisiones respecto a
muchas cosas. Es, simplemente, el ejercicio de estar presente, de
observar, sin juicios”, razona.Y pone un ejemplo a modo de metáfora:
“Imaginemos a una persona que trabaja en el campo, realiza mucho
trabajo físico. Al llegar a casa, se detiene, se sienta en el sofá y
descansa. Meditar es parecido a eso. Es
no pensar en
lo que tienes que hacer, en lo que has hecho, en lo que dijiste, en lo
que te dijeron. Es, simplemente, estar presente viendo qué sucede aquí y
ahora”. Un ejercicio muy sencillo consiste en
prestar atención
a la propia respiración. El estar concentrados en inspirar y expirar
nos genera calma, sosiego y nos permite descansar, porque dejamos de
darle vueltas a aquellas cosas que nos preocupan para prestar
únicamente atención a la
respiración. Y este ejercicio
tan simple puede potenciar nuestra creatividad, puesto que cuando
estamos obcecados con algo, no podemos abandonar el lugar en que
estamos y cambiar de perspectiva para ver las cosas de otra forma. “La
meditación –destaca la psicóloga Constanza González– nos permite abrir
el espacio necesario para ver con claridad”.
Silencio en medio del zumbido “A lo largo de toda mi
vida he tenido como un zumbido en la cabeza. La práctica meditativa ha
hecho que en tan sólo unas cinco semanas se haya empezado a crear un
silencio
en mi interior. Ahora noto quietud, tranquilidad, y eso me da mucha
perspectiva y me permite estar mucho más sosegado”, explica Vicenç
Castellano, el que fuera el popular presentador del espacio televisivo
Ajuste de cuentas, y hoy en día al frente de Traders International, un
programa on line para aprender a invertir en bolsa y convertirse en
trader profesional.
Hace un año que este experto en economía practica meditación de
manera regular entre una hora y una hora y media. “Se trata de aquietar
la mente, observando los pensamientos, sin quedarte atrapado en el
proceso del propio pensamiento. Es observar el propio proceso de
pensar”, añade. Para Castellano, la meditación es, además, su arma
secreta para ser más creativo en su trabajo y no dejarse secuestrar por
las
emociones en su vida diaria. En lugar de
reaccionar, su opción es actuar. “Como estás mucho más sereno y estás
centrado, las ideas fluyen”, considera. “Los pensamientos son como una
línea de puntos seguidos que bombardean continuamente a la
mente
muy rápido. Pero si te quedas observando los pensamientos que vienen y
van, puedes alejarte de ellos. Y llega un momento en que el bombardeo
empieza a disminuir y te das cuenta de que entre pensamiento y
pensamiento hay algo mágico: un espacio de consciencia“.
Otros beneficios Andrés Martín Asuero
(Andresmartin.org) es uno de los principales expertos que hay en España
en mindfulness y en terapias de reducción del estrés y del dolor, y se
formó junto a John Kabat-Zinn. Lleva décadas estudiando, practicando y
enseñando esta
tradición y cuenta que el sosiego, la
creatividad y el ser capaces de actuar y no de reaccionar, son tan sólo
algunos de los efectos positivos que produce meditar. También, asegura,
disminuye el nivel de cortisol en sangre y eso, a su vez, disminuye el
estrés. El cortisol es una
hormona neurotóxica capaz de arrasar las terminaciones neuronales y disminuir así la capacidad de
memorizar y de aprender.
Además, en un trabajo llevado a cabo con la Universidad del País
Vasco y el Colegio de Médicos de Bizkaia, ha demostrado que meditar baja
la tensión arterial y mejora el sistema inmune. “El cortisol afecta a
nuestras defensas, de manera que si conseguimos reducir el nivel de
esta hormona tóxica, también mejoramos
nuestras defensas naturales contra las enfermedades”, dice Martín, autor del libro Con rumbo propio (Plataforma).
Meditar también beneficia nuestra
capacidad empática.
Al ser capaces de calmar la mente, podemos estar en contacto con
nosotros mismos y al mismo tiempo con los demás, como demostró un
experimento emprendido por Andrés Martín con 84 profesionales del ámbito
de la salud en Barcelona. Entrenó a médicos y enfermeras durante un
año en mindfulness y al acabar el programa estos afirmaban sentirse
menos irascibles y ansiosos; consiguieron reducir el estrés que sentían
y, sobre todo, aumentaron los sentimientos de empatía y compasión,
esenciales para tratar con los enfermos. “En un centro hospitalario
siempre se producen situaciones de estrés –relata Toni Prats, jefe del
servicio de anestesiología, reanimación y terapéutica del
dolor
del hospital Asepeyo de Sant Cugat (Barcelona)–. El nivel de exigencia
es alto, hay situaciones de nervios y a veces la gente pierde los
papeles”. Hace dos años, Prats, que es también instructor en
mindfulness, empezó a explicarle a sus compañeros del hospital qué era
aquello de meditar y los invitó a participar en un curso. Para su
sorpresa, el éxito de la convocatoria fue rotundo y desde entonces,
repite cada cierto tiempo este
entrenamiento.
“Meditar hace que entres en la habitación de un paciente prestando
plena atención a aquella persona, sin estar pensando en el otro que
acabas de dejar en la habitación contigua o en la operación que tienes
luego. Con entrenamiento, somos capaces de percatarnos de que, tal vez,
lo que le sucede a ese
paciente es que tiene miedo,
que está ansioso ante una posible intervención. Entonces podemos
conectar con esa persona”, cuenta Prats. El año pasado, este médico
anestesista que practica meditación desde hace años cada día y que es
ahora también instructor, puso en marcha un programa piloto en el
hospital. Se trataba de un curso de tres semanas dirigido a familiares
de pacientes con daño cerebral, para ayudarlos a sobrellevar la
situación a que debían enfrentarse. Y los resultados fueron muy
positivos.
También Kabat-Zinn llevó la meditación a los hospitales; entrenó a
pacientes que debían operarse y que presentaban un nivel de ansiedad y
angustia elevado en prácticas meditativas, y así consiguió
aliviarlos.
Aunque, lo que de verdad es importante, señala la psicóloga clínica
Constanza González, no es tanto lo que sucede cuando uno medita, sino
después, justo cuando retomamos nuestra vida y empezamos a
resolver y a encarar las cosas desde esa perspectiva. Se trata de detenernos para poder actuar y no dejarnos llevar por la
inercia que, a menudo, nos hace sufrir. Meditar para cambiar nuestro cerebro y cómo funciona, y entonces, así, cambiar nuestra vida.